martes, 22 de mayo de 2018

El espacio protegido

Ha arrollado la bestia, bajo sus pelos ásperos,
El cuerpecito trémulo, suave como un vellón;
Y ha molido las carnes, y ha molido los huesos,
Y ha exprimido como una cereza el corazón…

Gabriela Mistral, La Caperucita Roja

Cada vez que he leído Caperucita roja junto a mis estudiantes, en la versión escrita por Gabriela Mistral, la impresión de ellos/as es de cierto estupor ante los radicales versos finales, en donde su protagonista no tiene escape del ataque del lobo, y muere en una descripción francamente brutal.  Acostumbrados al relato masificado de los hermanos Grimm, en donde existe el espacio de la redención y la salida feliz es posible, las palabras de nuestra poetisa vienen a echar abajo cierta imagen edulcorada de la infancia, la noción de un mundo siempre intocable por el mal, la violencia y el dolor. Y es claro que la literatura, en su posibilidad de recreación de diversos mundos, deja abierta la puerta a lugares de ensueño y bienestar, aquellos de los cuales las obras dirigidas a niños, niñas y jóvenes se hacen parte constantemente. Pero ¿qué hay del mundo exterior? ¿Se ha hecho cargo la literatura para infancia y juventud de las complejidades y adversidades que el mundo real presenta constantemente? ¿Estamos dispuestos/as a abrirle a los niños  y niñas una ventana hacia lo desprotegido, hacia el miedo real?
En una conversación llevada a cabo entre Art Spiegelman, creador de la premiada novela gráfica Maus, y el célebre Maurice Sendak, este último afirma “en realidad la infancia es rica e intensa. Es vital, misteriosa y profunda.”, para luego añadir “sabía cosas terribles…pero sabía que los adultos no debían enterarse…se habrían asustado.” Asumimos la ignorancia de la infancia, o la transformamos en una sabiduría pura, no mediada por los pesares del mundo. Pero los niños y niñas, los jóvenes son parte de la existencia, y la perciben e interpretan al igual que nosotros, aún cuando deseemos tapar nuestras (y sus) vistas y hacer como que nada ocurre. Y es así que, probablemente, ni Sendak, ni Ungerer o Gorey serían publicados en la actualidad. Los adultos, devenidos en mediadores de lecturas, docentes, especialistas, deseosos de la protección de la inmaculada infancia y juventud, prefieren ocultar ciertas verdades ominosas a los suyos, como si con autocensurar sus obras los niños/as y jóvenes estuvieran a salvo de todo mal. Obras gráficas como “Juul” de Gregie de Maeyer y Koen Vanmechelen, “La Partida” o “La madre y la muerte” de Alberto Laiseca, Alberto Chimal junto a Nicolás Arispe, o “La ciudad” de Armin Greder son libros que todavía incomodan, porque nos obligan a asumir que la verdad del mundo no es sólo la alegría y la esperanza.
No son pocos los profesores y profesoras que afirman “no, ese libro no es adecuado para niños. Es muy fuerte.” o “no dejaré que lean ese libro, se pueden traumar”, mientras las bombas arrasan con ciudades enteras, y cientos de niñas y niños pierden sus familias, son alejados de sus tierras o sus cuerpos terminan mutilados. El trauma se produce cuando no tenemos imágenes, palabras que puedan nombrar el horror, el trauma son los adultos que son incapaces de cambiar la realidad, porque su infancia les entregó sólo la mitad de la historia y los/las vuelve incapaces de interpretar. Entonces, ¿de qué estamos protegiendo realmente a la infancia y la juventud? Probablemente de nuestras propias ansiedades y temores, de que esos espacios idealizados de la inocente niñez o la eterna juventud se mantengan como siempre los hemos soñado, puros y delicados. De esto modo, la llamada LIJ, nomenclatura extraña e inasible por sus características mal formuladas, se vuelve la torre de marfil en donde todo niño y niña, todo adolescente y joven, sea hombre o mujer, puede verse reflejado, aludido y protegido.

Pero no olvidemos las palabras de Tzvetan Todorov, quien afirma: “La literatura es un medio de tomar posición frente a los valores de la sociedad; digamos de una vez que es ideología. Toda literatura ha sido siempre ambos: arte e ideología”. En dicha perspectiva, no podemos obviar la impronta ideológica que subyace tras todo relato escrito para dichos lectores y lectoras, una que proviene desde las primeras nociones en torno a la infancia (y muy posteriormente a la juventud) hace más de 3 siglos, y que siguen operando en muchas de las obras editadas y publicadas. Relatos que sostienen categorías de género, clase y comportamiento a los que todo niño y niña debe someterse. Historias llenas de didactismo y moralina sobre el respeto, el deber ser y el rol al cual ajustarse en sociedad. Pero los tiempos han cambiado, y algunos/as creen que las historias de antaño ya no son las de ahora, que en nuestra época conciente y crítica de los errores del pasado, los argumentos han cambiado. La defensa del ecosistema, la diversidad, la solidaridad, no a la violencia y al bullying, son los sermones del nuevo milenio, pero no nos dejemos engañar, aquellos son solo stickers, slogans en las contraportadas y solapas de los libros.
         El mercado, ávido de ventas, de ocupar todos los espacios posibles, ha sabido apropiarse de la ideología del momento, de leer el acontecer de la sociedad y convertirlo en la bandera de sus obras. Es así que tras todos esos mensajes positivos, que nuevamente pretenden proteger a la infancia y la juventud, sólo hallaremos un hermoso envoltorio. Cientos de obras bellamente ilustradas, perfectamente editadas, tanto que ya no parecen obras para su público, sino objetos cuidadamente estéticos, diseñados para adultos que creen estar leyendo los intereses de un público, que si no es mediado, no comprende. Retomando a Todorov, las obras literarias dirigidas a niños, niñas y jóvenes, son (valga la redundancia) literatura, ni más ni menos, y la literatura siempre ha sido el espacio de la provocación, de la ruptura y no el del status quo. Hemos exacervado el arte, lo estético, olvidando la respuesta emocional natural ante una obra que nos conmina a pensar y sentir, más allá de sus formas y contenidos. Hemos convertido la ideología castrante y encapsulante en una herramienta más del mercado para hacer crecer sus ventas. Hemos olvidado a los niños y niñas, a los adolescentes y jóvenes en sus perspectivas, en sus lecturas del mundo que los rodea. Hemos querido protegerlos, y no consideramos que tras el papel que sostiene las palabras, también está la realidad, mucho más obstinada y contracorriente, arrasando con todo, y que requiere que estemos atentos y críticos, más que embelesados e inocentes.
__________________________________________________________

Hugo Hinojosa Lobos Candidato a Doctor en Literatura PUC, Magíster en didácticas de la literatura y de la lengua, y profesor de lengua y literatura. Ha participado del comité de selección de obras juveniles del Centro Lector Lo Barnechea y del comité de selección de la Biblioteca Escolar Futuro UC. Miembro del comité editorial de la revista Había una vez y de la organización del encuentro Dibujos que hablan.

No hay comentarios:

Publicar un comentario