martes, 22 de agosto de 2017

Los libros como legado


Dedicado a la memoria del tata Aliro

La idea primigenia de este texto iba por otro camino. Sin evitar la polémica, la pregunta inicial sobre las primeras lecturas se internaba en un escabroso terreno, difícil de responder sin mencionar intereses comerciales y libros que se venden en grandes cantidades, porque hay niños y jóvenes obligados a leerlos. Sin embargo, la reciente muerte de mi abuelo lo cambió todo.
  Viví mi infancia en la era preinternet, lo que para los niños de hoy debe ser como la Edad Media. Para realizar los trabajos encargados por los profesores, debíamos peregrinar por varias bibliotecas, acudir a familiares y vecinos en búsqueda de información, o coleccionar facsímiles educativos que se distribuían en los diarios. En ese contexto fue que, nuestro abuelo nos regaló a mi hermana y a mí, una colección de libros azules llamada Lectum Juvenil. El vendedor la presentó como una enciclopedia, pero era mucho más que eso: cada uno de sus tomos contenía secciones sobre botánica, zoología, geografía, relatos tradicionales, hechos históricos y más. Nunca nos dijeron que la leyéramos; nunca nos dijeron que la usáramos para hacer tareas. Solo la dejaron a nuestro alcance y eso fue suficiente para despertar nuestra curiosidad, para estimularnos a recorrer ávidamente sus páginas leyendo, disfrutando cada ilustración, cada dato extraño: ¿El mar muerto no es un mar ni está muerto? ¿Las cebras son blancas con rayas negras o al revés? ¿Por qué las sirenas y los dragones aparecen en mitos de diversas partes del mundo? ¿Qué idioma hablan en Katmandú? ¿Existió el Rey Arturo?
  Así fue como conocí relatos tradicionales africanos y leí por primera vez sobre Baba-Yaga, los episodios menos conocidos de Las mil y una noches y supe dónde quedaba la Troya histórica. Mientras mi abuelo leía sobre la Guerra del Pacífico o mi padre devoraba novelas de espionaje, con mi hermana tuvimos acceso a estos volúmenes que podíamos leer en desorden o volver a revisar cuántas veces quisiéramos. Ahí estaban los libros, ahí estaban los lectores. Si lo leído nos provocaba más preguntas, teníamos a quién preguntarle, un adulto que muchas veces no tenía la respuesta pero nos podía indicar dónde encontrarla. Así, y quizás sin proponérselo explícitamente, en mi familia se creó un ambiente que promovió el interés por leer más historias y conocer más sobre el mundo, disfrutar más relatos, apreciar nuevas ilustraciones y formas de representar la realidad o mundos imaginarios.
  Antes del funeral, mientras reviso documentos que mi abuelo tenía guardados en un baúl, encuentro la factura de estos libros que compró hace treinta años atrás. El monto que allí aparece no refleja para nada el valor que estos tuvieron (y todavía tienen) no solo en mi formación lectora, sino en el fomento de la curiosidad por el conocimiento, del aprendizaje y la apreciación de la cultura como una necesidad y no como una imposición.
  Tal vez de regreso a la idea original de este texto, más que denunciar lo que ya es conocido sobre el negocio de las lecturas obligatorias, se requiere revisar las raíces del problema, que no están necesariamente en el sistema educativo, sino en espacios más íntimos y cercanos a los jóvenes lectores. Entonces miro con humildad, nostalgia e infinito cariño hacia el pasado y descubro que muchos de los postulados sobre animación a la lectura y fomento lector que he leído o escuchado en charlas y seminarios promueven lo que viví en la infancia:
-Acceso al libro, es decir, la posibilidad de acudir las veces que se requiera a la lectura de diversas fuentes y tipos de textos.
-Posibilidades de elegir lo que se lee, no en un orden preestablecido, no por géneros canónicos, sino según itinerarios diversos regidos por la curiosidad. Recuerdo haber hojeado más de una vez un diccionario enciclopédico solo interesado por las ilustraciones que acompañaban a algunos términos.
-Acompañamiento y mediación cuando se requiere abordar temas complejos o resolver dudas.
-Establecer relaciones intertextuales, o sea, vincular un libro con otros libros, historias con la Historia, imágenes con referentes previos o posteriores.
  En síntesis, y siguiendo la línea autobiográfica de esta reflexión, el lector que soy en la actualidad, los intereses que me motivan, las imágenes que me persiguen y los relatos que se cuelan en mis relatos provienen de un momento en que abrí la biblioteca de la casa, saqué un tomo del Lectum Juvenil por primera vez y tracé rumbo hacia mis lecturas.
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Sebastián Garrido Torres es profesor, codirector y editor de Editorial Piedrangular, docente y director del Diplomado en literatura infantil y juvenil contemporánea de la Universidad Finis Terrae, con experiencia en edición de LIJ en empresas transnacionales y nacionales independientes. Realiza capacitaciones de animación a la lectura a través de la Corporación Cultural Creamundos. Autor de “Curatoría de espantos” (2015).     


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